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9 November 2009

París era una Fiesta

París ha sido una fiesta de principio a fin. La acogida no ha podido ser mejor. Los organizadores locales nos han recibido entrañablemente, como todos hasta ahora. Tras alojarnos en una de sus propias casas a cuerpo de rey, nos han dejado dormir hasta bien entrada la mañana, por primera vez en mucho tiempo. El paseo vespertino en un autobús descubierto de dos pisos por las calles del centro ha sido apoteósico; nos saludaban desde las aceras, algunos autobuses tocaban el claxon, salían manos por las ventanillas, un grupo de niños nos ha seguido en patinete, la gente se asomaba a los balcones agitando los brazos, nos mandaban besos y hacían el signo de la victoria. Todo ello envueltos en un halo de música a todo volumen, agachando a veces la cabeza para evitar las ramas de los árboles y dejándonos despeinar por el viento. Hasta el día, inicialmente encapotado, dejó salir al sol. Era fantástico ver los cafés llenos de gente siguiéndonos con la mirada. Me emocioné al recordar a los anarquistas españoles que, a las órdenes de Dronne, el aristócrata que luchaba por la libertad, fueron los primeros en entrar con La Nueve en París, en 1944, tantas fotos en blanco y negro en las que aparecían aquellos mismos monumentos y aquellos mismos cafés, inmortalizados por los reporteros de guerra cuando yo apenas si tenía algo más de un año de edad, sus gallardetes, el orgullo dichoso en sus caras altivas, sus brazos fuertes manteniendo en alto las banderas por las que tanta sangre se había derramado, tal como ahora hacíamos nosotros con las nuestras al grito festivo e incruento de ‘¡a por la Bastilla!’. Era una nueva forma de entrar en París, intentando una vez más rescatarlo de la guerra, de las guerras, de su atroz derramamiento de sangre, del desmembramiento de familias, como la mía, del desarraigo, del profundo dolor que las guerras han sembrado y aún siembran de generación en generación. Nos saludaban los bomberos, los conductores de ambulancias, la policía… Puede que ellos también hayan oído contar a sus padres, a sus abuelos, de aquella legendaria columna compuesta casi totalmente por republicanos españoles que les llevó la buena nueva de la liberación. Puede que alguno, como yo, haya recordado aquellas viejas imágenes en blanco y negro de hombres valientes y exultantes que devolvían la esperanza a un pueblo humillado por la ocupación nazi. Volví a decirme, como todos los días, que no soy nadie, que no tengo ningún poder, pero tampoco lo tenían ellos y su sola presencia enalteció los corazones de todo un pueblo, devolviéndole, tras tanto horror, la fe en el futuro, en un mundo mejor.

Ojalá que nuestro autobús multicolor haya sembrado, con su estela de música y canciones, esa misma fe, esa misma esperanza en un mundo definitivamente en paz.

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