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18 December 2009

(Español) Colombia – Mi cuento con Anderson

(Español)

LA rencontre de "ma" marche... Anderson, 10 ans.

LA rencontre de "ma" marche... Anderson, 10 ans.

Esta noche viví, sin duda, el momento más fuerte de “mi” Marcha.

Durante todo el día nuestra Marcha local fue seguida ampliamente por miles de colombianos que vinieron a apoyar nuestra causa. Una marea humana, hasta donde alcanza la vista, recorre las calles de Bogotá.

En términos de superficie, Bogotá es la ciudad más grande de Colombia y por su altura (2.640 metros) es la tercera más alta del mundo, después de La Paz y Quito.

Semejante movilización popular se explica simplemente: entre los carteles de narcotraficantes, los comandos de la guerrilla, los escuadrones de la muerte y los asesinos a sueldo que ofrecen sus servicios en las calle de Medellín o Cali, Colombia es conocida como uno de los símbolos de la violencia organizada. En lo cotidiano, es también un país donde la solución de los conflictos a través de la violencia es un fenómeno banalizado. Con un índice total  de homicidios de más 75 cada 100.000 habitantes, Colombia supera a todos los demás países de Latinoamérica, donde el índice es de 20 cada 100.000. No hay ningún colombiano que no se haya visto tocado directamente por la criminalidad y sus consecuencias.

Después de una decena de kilómetros, el publico llega a un parque donde se ha organizado un mega-concierto gratuito para los jóvenes, para esta ocasión. El equipo base se eclipsa durante una horita para almorzar en el jardín botánico de la ciudad, donde como una de las mejores sopas de mi vida! Luego los organizadores nos sorprenden con una visita a un mariposario. Creo estar en un cuento de hadas, con cientos de mariposas multicolores que se posan sobre nosotros, sobre nuestros hombres, cabellos y manos. Contengo el aliento para filmarlas …

En seguida nos reencontramos con el público en el lugar del concierto, a cargo de 5 grupos de primera línea en Colombia. Uno de ellos, Pipe Bueno, es aclamado a voz en cuello por la multitud y es uno de nuestros mejores embajadores por la paz entre la juventud.

Después de dos horas de concierto me retiro un instante a una carpa dispuesta para atender a los marchantes y artistas. Cuando de pronto, una horda de niños invade gozosamente el espacio. Son 38 niños seleccionados entre los mejores alumnos de la ciudad de Popayán, a 2 horas de avión. Cada uno de ellos, siendo el mejor de su escuela (38 establecimientos), recibió como regalo asistir a este concierto por la paz, en Bogotá. En su mayoría son de condición muy modesta y no comen más que una vez por día.

Entre ellos encontré un ángel. Anderson, 10 años, vino a sentarse a mi lado. Le conté que había hecho todo el recorrido de la Marcha, que lo había hecho por él, por los niños como él, para dejarles un mundo un poco mejor (tal vez) que el que nosotros heredamos. Anderson me abrazó fuerte y me dijo: “Gracias, gracias por haber hecho eso por nosotros, ya que nosotros no queremos más vivir en la violencia. Nosotros queremos vivir en un mundo de paz y amor. Queremos un mundo nuevo. Su nombre es Isabel, como la reina de España! Y bien para mí, usted es mi reina y no la olvidaré jamás! Colombia los ama y nosotros queremos la paz!”, me confía secándose discretamente las lágrimas. A mi vez lo tomé en mis brazos y lloré con él. Hemos llorado juntos y se nos acercaron otros niños a abrazarnos con emoción. En ese instante no había ni “grandes” ni “chcos”, adultos o niños, marchantes o no marchantes. Éramos UNO con el universo y estábamos en comunión total, en otro plano, en una dimensión donde no existen las palabras. Es difícil de explicar … pero fue una experiencia casi mística.

Este instante de ternura y gratitud, esos abrazos entre yo y esos niños han justificado mis esfuerzos, mi cansancio, mis momentos de duda o de lasitud. No solamente Anderson y sus camaradas dieron sentido a mis pasos (hubo ya muchos …) sino que me dieron también la determinación de pasar el resto de mi vida promoviendo la paz. Cuando le pregunté a Anderson que deseaba hacer más adelante por la paz, me respondió: “marchar”. Me emocionaron la inteligencia y la vivacidad de este jovencito, la seriedad de sus palabras y la profundidad de su mirada. Pía, directora de la agencia de prensa Pressenza para la que trabajo, fue testigo de la escena, muy emocionada ella también. Entonces, me dijo: ves, Isabelle, has encontrado aquí lo que viniste a buscar: la reconciliación. Treinta años atrás tu padre fue tomado como rehén en Bogotá y fue secuestrado con violencia. Esta noche, con los besos y abrazos de este niño, toda Colombia te pide perdón”.

Cuando recuperé la calma, volvimos con los niños al escenario donde nos pusimos a bailar con infinita alegría. Bailé con Anderson y sus amigos hasta quedar agotados, o casi. Creo que puedo afirmar sin reserva que jamás había estado tan cerca de “Dios” como lo estuve con el abrazo de este niño. Un instante me ha despertado. Diez segundos que han cambiado mi vida. Dios no está ni en las iglesias ni el en cielo sino que habita en el “sagrado corazón” del hombre. Se manifiesta en el lugar de nuestra comunión con los otros. No se lo encuentra sino en la experiencia. Este es mi cuento de Anderson.

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