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29 November 2009

(Español) Nouakchott, la salina de las conchas

(Español) La llegada a Nouakchott desde Gran Canaria ha sido un cambio de escenario total, nada comparable a lo que hemos visto hasta ahora. Impresiona ver el desierto desde arriba, pueblos de adobe mimetizados con las dunas, algún árbol polvoriento, playas interminables, tendidas al sol como alfombras a secar. Impresiona estar en casa de quienes atraviesan miles de kilómetros de arena buscando a la desesperada lo que tanto pregonamos, paz, no violencia, para luego recibirles con campos de internamiento y leyes vejatorias. Estaremos dos días y dejaremos una estela de palabras que se irán borrando, como borra aquí el viento las huellas. Al salir del aeropuerto, un aeropuerto pequeño, en el que la gente se recibe al pie del avión, el número de policías y porteadores es sin duda superior al de viajeros y las medidas de seguridad son formalmente férreas –pónganse todos juntos, aquí no se sacan fotos-, pero en cambio un militar se presta a recoger los pasaportes de todo el grupo y los sella sin habernos visto la cara, nos recibe un torbellino de color. Mujeres de una hermosura rara vestidas con telas llamativas, de damasco y cinz, y ataviadas con tocados complicados, hombres elegantemente erguidos en sus túnicas blancas o color añil puestos ceremoniosamente en fila esperan a que les estrechemos la mano de uno en uno. Tras cargar el equipaje, se suben con nosotros al autobús. Si el marroquí era un autocar lleno de alegría, este estalla de colores. El hotel me confirma una vez más que hay un mercado inmenso para los fabricantes de ascensores. Esta es “la marche des marches”. Bien lo saben las tres maletas que han ido sucumbiendo por el camino, y mi rodilla, que teme a los escalones más que al diablo. Nouakchott significa salina de las conchas y de hecho hay tantas en las calles, en la arena que cubre las aceras, que parece como si la ciudad hubiera surgido de repente una noche del mar. Pobreza, basura, cabras triscando y asnos sueltos o tirando de carretas, coches abollados, oxidados, desguazados, que contrastan poderosamente con la belleza y pulcritud de su gente, muy alta, de porte regio. El primer acto es un foro y velada en un centro cultural. Allí estaban nuestros amigos, más elegantes, si cabe. Las mujeres, organizadas en diferentes asociaciones, entre otras una de mujeres jefe de familia, dejaron patente su coraje al pronunciarse contra la violencia de género, los derechos humanos. No pude por menos que pensar en la ablación y preguntarme si todas aquellas hermosas mujeres adornadas de espléndidos tocados se habrían tenido que someter a ella y habrían tenido que someter a sus hijas. Había mucha pasión, fuerza en sus palabras. Salí un rato a la arena de la calle, sólo iluminada  por los faros de algún coche desvencijado que chirriaba al pasar y, de bache en bache, lanzaba ráfagas de luz. Un grupo de quinceañeros se reía en un corrillo. Intentaron enseñarme su lengua. O su jerga. Biedda, bieddin Liliana. No sé si lo he escrito bien, pero así sonaba ‘¿cómo te llamas? Me llamo Liliana’. Se reían con toda su alma, sus dientes blanquísimos refulgían en la oscuridad. El acto acabó con una especie de juegos florales a los que se nos invitó a participar con un poema. Yo me excusé por aquello del idioma. Pierre en cambio se lució, y de lo lindo. Mientras estaba recitando, acompañado por un músico, se me acercó un joven tímido ‘madame ¿quiere ver mi biblioteca?’, un regalo para mis oídos. Subimos a una terraza y de allí a un altillo. La biblioteca era una pequeña joya de cuento. El techo y las vigas estaban recubiertos de telas cosidas en patchwork de mil colores, todo era ordenado y pulcro. Era el reino del maestro Sylla, que, siempre en voz muy baja, me fue hablando de los cursos de inglés que daba, me enseñó los juegos para niños, los libros en francés y en árabe. Eran pocos, pero cuidadosamente colocados en sus estanterías, con mucho amor. Deseé llenarle con miles de libros todas aquellas paredes medio desnudas, imaginando su cara al ver llegar un cargamento de aquel bien tan preciado y a los niños quitándose los cuentos unos a otros.

Cenamos en aquella misma terraza casi a la luz de la luna algo que por el gusto sé que era pescado, pero que no acertaba a distinguir. Lo envolvía en pan y me lo llevaba a la boca medio a tientas. Al volver al hotel, y tras trepar los cuatro pisos hasta mi cuarto, afortunadamente la habitación era fresca y, aunque dormí poco, dormí bien.

Al día siguiente, la marcha por la ciudad, hundiendo los pies en la arena. Una marcha larga, entre las miradas de cientos de curiosos. Nos recibió la alcaldesa de una de los barrios de la ciudad, una mujer informada y encantadora. Comimos en casa de uno de nuestros anfitriones, un auténtico banquete preparado por todas las mujeres de la familia. Allí estaba la matriarca, las hijas, las nueras, los niños chicos y varios animales domésticos dando vueltas. Cuando todos se fueron a dormir la siesta –por una vez daba tiempo- acompañé a Magda al aeropuerto a ver si había aparecido su maleta. Gracias a la eficiencia y extrema amabilidad del jefe de escala logramos saber que estaba en Las Palmas. Nos acompañó en su coche hasta el mercado de ropa. De los balcones encalados de las casas de dos pisos colgaban centenares de piezas de tela de mil colores, había por doquier puestos con pantalones y túnicas dobladas, de zapatos, de gafas, de cinturones y una multitud de clientes que iba y venía caminando sobre la arena. Nos metimos en los soportales en busca de algo de ropa hasta que apareciera la maleta. Las mujeres estaban sentadas en tiendas no más grandes que nichos, charlando con otras mujeres, que se levantan para dejarnos sitio cuando nos asomábamos a preguntar. Resultaba difícil moverse, porque por los estrechos pasadizos constantemente entraba y salía gente y porteadores con fardos. No pudimos entretenernos demasiado, a las ocho teníamos una cena en una jaima, invitados por la amable alcaldesa de la mañana, pero al pasar por los callejones, que olían a basura y a pan recién horneado, vimos el rótulo de una peluquería de señoras y decidimos probar suerte. Estaba cerrada, pero las peluqueras estaban en frente. En un espacio de dos metros por dos había cuatro mujeres jóvenes con tres o cuatro niños chicos. La peluquera aceptó lavarle el pelo a Magda cuando hubiese acabado de hacerle a una de ellas unas trencitas con extensiones. La de las trenzas estaba sentada en el suelo, otra le daba de mamar a un niño como de un año que se agarraba a la teta de pie. Dos retozaban en un sofá junto a su madre, que también peinaba a otra. Cuando acabó con la primera clienta, la peluquera cruzó a por un balde agua y allí mismo le lavó el pelo y se lo secó. De mí no quiso saber nada, debía ser tarde para ella. Mañana es la fiesta del cordero y hay que estar guapa, pero también cocinar. 

Desde ayer los caminos están llenos de pequeños rebaños que esperan al borde de la carretera a que lleguen los compradores. A su lado los camiones vacíos, y los pastores con sus túnicas color añil. Los borregos permanecen tranquilos en la arena, ajenos a su destino inmediato. Hay montones de bolsas preparadas para empaquetarlos. Ya he visto meter a algunos en ellas, dejándoles la cabeza fuera. Pasan constantemente coches y camionetas cargadas de gente con las bacas a rebosar de bultos y corderos, a veces dos y hasta tres. Se les oye balar, pero sin un pataleo. Y así horas, sin comer ni beber. Total, mañana ya no serán más que el recuerdo de una comilona memorable.

2 comments to (Español) Nouakchott, la salina de las conchas

  • Angelo F.

    Non ci può essere pace senza giustizia. Nei confronti dei poveri che cercano di che vivere altrove, delle donne oppresse da tradizioni che si fingono religiose mentre religiose non sono, di chi anela a una cultura che è un suo diritto e non può avere gli strumenti di conoscenza che vorrebbe. Il cammino è lungo, ma senza continuare a fare passi, non andremo avanti.
    E insieme, che bello poter vedere il mondo con i vostri occhi, camminare per strade che non si toccheranno mai per scoprire l’umanità che le riempie.
    Grazie!

  • Maria

    Como tus relatos, precioso!!!!.
    Los echaremos de menos.