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26 October 2009

(Español) La campaña de Moscú

(Español) Nuestra llegada a Moscú se recordará en los anales de la Marcha, pero también en la vida de cada uno de nosotros, como una auténtica gesta. Tras nueve horas de vuelo huyendo de la noche, nos recibieron en el aeropuerto para llevarnos al hotel. A falta de ascensor, el primer obstáculo que nos tocó afrontar, cargados como burros, fue una escalera mecánica que no tardaríamos en añorar. Salimos a la calle en fila india convencidos de que habría un autobús esperándonos, pero nos enteramos allí mismo de que esta vez tocaba ir en tren. Sorteando coches, bordillos altísimos y no pocas obras, al fin logramos no perder uno que salía casi enseguida. Cuando soltamos el equipaje y nos desplomamos en los cómodos asientos de piel azul eléctrico, se nos dijo que, tras media hora de cercanías, aún nos esperaba otra media hora de metro. Pensé, tonta de mí, en el metro de Barajas y me resigné sin más, pero cuando intentamos pasar nuestras voluminosas maletas por los tornos, no hubo forma, así es que la rusa gorda y autoritaria que controlaba el acceso salió de su garita y nos echó con cajas destempladas. Dimos un rodeo de nuevo entre coches para entrar por otro lado, intentando evitar oleadas de gente que entraba y salía tropezando con nosotros o soltándonos las puertas en las narices. Avanzábamos dando tumbos, a cada rato se nos resbalaba una mochila, o se nos volcaba una maleta o chocábamos con una esquina, pero aún seguíamos confiando en que la cosa no iba a durar mucho más, hasta que nos topamos con la primera escalera del majestuoso metro de Moscú. Al mirar hacia arriba me dio un vahído sólo de pensar en subirla con todos aquellos bultos a rastras y toda aquella masa de gente subiendo y bajando a la carrera como manadas de ñús. Tras la primera escalera hubo una segunda, la entrada a los vagones, como apisonadoras, un cambio de línea, más escaleras…. En total casi hora y media con unos 30 kilos a cuestas. Para hacer esta Marcha hay que tener mucho valor y… mucha marcha.

Pero se nos premió, esta vez el hotel era un hotel de verdad. Aunque entramos por la puerta cabizbajos y sin resuello, tirando las bolsas al suelo, pronto descubrimos, casi maravillados, que aquello era lo más parecido a Jauja que habíamos conocido en todo el mes, había bar, restaurantes, peluquería, spa, sauna… ¡y wi fi! Y sobre todo nos esperaban habitaciones con camas y duchas y toallas limpias. A estas alturas, todo un lujo ya casi olvidado.

Pasé la siguiente mañana escribiendo y despachando correo. El grupo fue a la Fundación Gorbachov. También me di una vuelta por la Plaza Roja, pero justamente esa tarde no se podía cruzar y tuve que conformarme con admirarla y filmarla desde lejos. Impresionante.

No hacía frío, pero en cambio en el hotel el calor era asfixiante, así es que ahora anda casi todo el mundo resfriado.

La última noche en Moscú me la pasé sentada escribiendo en un velador junto a Tony que se iba a las 4 de la mañana. En torno a nosotros, un tráfico manifiesto de burdel. Luego me explicaron que el hotel estaba ubicado en una zona, por lo que yo he podido entender, cercana a algunos mercados de mayoristas y por lo tanto hospeda a comerciantes con un alto poder adquisitivo, seguramente llegados de toda Rusia. Por aquel pequeño bar acotado en el enorme hall, con diez o doce veladores para fumadores y, pegados a estos, tres o cuatro para fumadores únicamente pasivos, además de nosotros, todos enfrascados en la lectura del correo o en la escritura, merodeaba una extraña fauna de señoritas con minifaldas vaginales, tacones de vértigo y maquillaje constantemente retocado y hombretones como armarios. Pese a que un par de ellos estaban borrachos como una cuba, nadie armó jaleo, sólo se oían de vez en cuando algunas risotadas. Esperaban pacientemente a que alguien les hiciera una seña y se iban escaleras arriba con alguna de aquellas chicas, no tan chicas. Las dos camareras me tenían en ascuas, eran ya las 2 de la mañana y seguían, visiblemente agotadas, recogiendo ceniceros, copas y botellas de champán vacías cuando Tony y yo decidimos retirarnos. Al día siguiente dormí hasta tarde y desayuné tranquila al compás del Danubio Azul y otros valses tocados por una señora puesta allí para amenizarnos el rato. El tiempo se fue en hacer maletas, bajarlas al depósito (donde pagamos 100 rublos por pieza, lo nunca visto), aprovechar con auténtica avaricia el regalo del wi fi… Fuimos de nuevo a Moscú en metro para asistir a un acto en la facultad de periodismo, en cuya cantina comimos. Los suelos eran de damas, color sangre de toro y albero, pero eso era lo único en común con Andalucía. Todo parecía haber permanecido intacto desde el siglo XIX, los viejos cuadros descoloridos, recortes de periódicos que quizás leyera Tolstoi enmarcados hasta el suelo, sobre los cuales, y a una altura considerable, campeaban baterías de enchufes de un plástico llamativamente blanco contra el sepia ajado del papel. Por los pasillos vagaba un tufillo a desinfectante y los jóvenes iban y venían con la misma prisa que la gente en el metro. De ahí de nuevo al hotel para retirar el equipaje. Esta vez fuimos a la estación en autobús, pero hasta llegar al vagón 17, casualmente el último, también nos dimos un buen paseo, cargados con las maletas e intentando no atropellar a la masa de gente que aquí hay a todas horas y por todas partes. Tras soltar los bultos, se planteó la posibilidad de retroceder hasta la estación para comprar comida. Se me abrían las carnes sólo de pensarlo, pero por suerte aparecieron varias jóvenes de la Fundación Gorbachov que generosamente habían pensado en ello y nos traían bocadillos, agua, manzanas y chocolate para el viaje.  Una bendición. Subir el equipaje y colocarlo fue tarea ardua. Los pasillos eran estrechos, no resultó fácil moverse y, por si fuera poco, empezaron a aparecer unos tipos enormes, tan corpulentos como Obelix, que también corrían como los del metro y lanzaban imprecaciones audibles por nuestra incómoda invasión del pasillo. En un rato todo quedó más o menos resuelto, descubrimos cómo acomodarnos, nos hicimos las camas y fuimos cayendo rendidos en ellas. Vestidos, claro está; nadie iba a avisarnos cuando llegáramos y cualquiera se pasaba de estación. Hacia las cinco de la mañana, que era la hora prevista, empezaron a sonar despertadores a diestro y siniestro. Tras otro paseíto matutino hasta encontrar el autobús, al albergue. Qué emoción volver a ver S. Petersburgo, reconocer sus avenidas profusamente iluminadas, sus canales, sus iglesias, sus estatuas y más aún ver que el autobús enfilaba la calle del hotel donde me había alojado el año anterior. El albergue estaba a escasos metros, en la misma acera. Descubrir que se hallaba en un cuarto piso, lógicamente sin ascensor, ya fue menos grato, porque, aun debiendo salir casi enseguida para el aeropuerto, no podíamos dejar las maletas en el primer descansillo. A las nueve un taxi nos recogió a Montse y a mí que volábamos a Helsinki. Por fin pudimos sentarnos a tomar un chocolate caliente en el café del pequeño aeropuerto, tan pequeño que, so pena que se llegue con el tiempo justo, todo el mundo ha de hacer parada y fonda en el bar hasta que abre el check in. Tras pasar tres controles de seguridad, a cual más arbitrario -en uno te inspeccionan el bolso, en otro te mandan quitar los zapatos…-, sorprendernos por la actitud trasnochadamente autoritaria e inexplicablemente antipática de los guardias rusos, sobre todo de las mujeres, tan jóvenes, tan monas y tan poco agradables, aguantar a pie firme un retraso no anunciado en una sala de espera diminuta dispuestas a que no pasaran por delante un centenar de japoneses, henos volando en dirección a Finlandia. A partir de ahora y durante unos cuantos día, por lo menos nos ahorraremos el tener que cambiar dinero.  Bueno, algo es algo.

1 comment to (Español) La campaña de Moscú

  • Ana Arduino

    Gracias Liliana, por tu colorida descripción de la odisea rusa.
    Y gracias a todos los que nos hacen vivir la experiencia de la Marcha.
    Un abrazo, Ana